¿Qué fotos deberíamos estar tirando?
Jun 04 – Written By Mireia Serrano
El deseo de capturar aquello que se desvanece atraviesa todo el álbum, sin embargo, del cuello de más de cincuenta mil espectadores cuelga una cámara que no tiene visor. El dispositivo no permite mirar a través de él para ver nuestras propias imágenes; simplemente nos recuerda, con cada uno de sus destellos automatizados, nuestra inscripción diminuta en lo masivo.
Como turistas frente a una vista ampliamente retratada, nos encontramos ante un paisaje mediado por imágenes que parecen preceder a la experiencia misma. El recuerdo llega antes que el encuentro y nuestra mirada no siempre participa de ese viaje.
Fotografiar implica siempre una operación de encuadre y foco: establecer un límite sobre lo que merece ser mostrado o excluido fuera de campo. Si toda imagen responde a una determinada jerarquía de valor, ¿cuáles son los criterios que guían nuestro objetivo?
Una isla en un estadio
Cuando el territorio se reduce a una colección de imágenes fácilmente reconocibles, los recuerdos corren el riesgo de convertirse en souvenirs. Mientras que en ese estadio olímpico la ciudad se presentó al mundo gritando un “HOLA”, en esta ocasión PR se proyecta a través de imágenes que, fragmentadas como postales, configuran un paisaje simbólico.
Desde una exaltación global, se proyectan iconos cuidadosamente construidos que incluso llegan a sustituir al referente original: la casita dejó de ser de Don Román, Concho se convirtió en nombre propio y el pitorro de coco pasó de beberse a cantarse.
Pero, ceci n'est pas Puerto Rico. Como nos recordó Magritte, no podemos confundir la realidad con su propia representación.
Bad Bunny se convirtió en rey del pop, pero no solo “con reggaetón y dembow”, como dice la canción, sino ensalzando un imaginario popular susceptible de ser consumido masivamente.
Igual que las latas de sopa Campbell de Warhol o las esculturas pop de Oldenburg, objetos cotidianos como las sillas blancas o la casa son extraídos de su contexto habitual para adquirir una nueva condición simbólica y monumental.
Como ocurre con las atracciones turísticas, aquello que se monumentaliza corre el riesgo de erosionar aquello que pretende preservar. La imagen de lo autóctono y auténtico aparece progresivamente desprovista de todo aquello que le daba sentido.
Toda escena se organiza entre una región frontal (preparada para ser observada) y una región posterior, donde permanece aquello que todavía no ha sido convertido en representación. El sociólogo Dean MacCannell trasladó esta idea a la experiencia turística, que responde al deseo constante de atravesar la fachada frontal para acceder a aquello que imaginamos como auténtico: la vida real del lugar, las personas, lo que existe más allá de la escenificación.
Benito saluda y abraza lo popular y diverso al otro lado de la valla de seguridad mientras, a sus espaldas, lo que fue un hogar se convierte en escenario y el privilegio se espeja en la gran pantalla como extensión de un decorado homogéneo.
Lo que permanece fuera
La fuerza de DTMF no reside únicamente en los símbolos boricuas que proyecta, sino en aquello que los sostiene: la música y la lengua, la identidad y la memoria, la historia política y cultural, los afectos y las reivindicaciones.
Y es que todo el proyecto lo atraviesa esa contradicción: lo real siempre se encuentra más allá de la representación. Cuanto más se esfuerza en representar, más evidente se vuelve aquello que no puede ser capturado del todo. La imagen señala constantemente hacia algo que permanece siempre fuera de ella.
Las críticas decoloniales, la revalorización de los saberes situados y la legitimación de identidades históricamente subordinadas no son nuevas. Lo significativo es que hayan comenzado a ocupar espacios de visibilidad cada vez más centrales dentro de la cultura mainstream.
DTMF habla de Puerto Rico, pero también encarna una experiencia mucho más compleja donde lo local ya no renuncia a su especificidad para circular globalmente. El sentimiento de pertenencia convive con el desplazamiento continuo; el arraigo convive con la movilidad; la necesidad de establecerse convive con la provisionalidad.
Quizás por eso la nostalgia ya no remite únicamente al pasado, sino también a la dificultad de habitar un presente que no logramos alcanzar, a unas imágenes que no llegamos a tiempo de capturar.
Así, ya no se trata de lamentarnos por las fotos que deberíamos haber tirado, sino de preguntarnos qué realidades estamos dejando fuera del encuadre mientras todavía existen.
No solo para preservarlas y recordarlas, sino para bailarlas y reivindicarlas.